Por Héctor José Arteaga Alzate
A pesar de tener muchas precauciones, veo que no son las suficientes para afrontar la situación que estamos viviendo ya hace un año largo, puesto que experimenté un duro golpe que me adentró en la pandemia de Covid-19 y me tocó vivirla en una ciudad extraña a mi terruño.
Estando en casa, cuidando de los míos, sentí algo de mareo y elevación de la temperatura, se llama al médico y este determina mi hospitalización inmediata, después de verificar mis signos vitales, notó baja saturación de oxígeno en la sangre y dificultad para respirar.
Empezó mi padecimiento en la clínica San Rafael de Pereira, recibiendo atención de urgencia; al día siguiente, en horas de la tarde, me sedan. A través de un medio virtual pude avisarle a mi familia y expresé mi consentimiento ante la emergencia.
Me encomendé al Creador hacía la 1:00 de la mañana, desde esa hora entré en oscuridad total y mi mente en blanco se me hicieron eternas. Tiempo después me comentó mi esposa e hijos que me habían remitido en ambulancia, sedado y entubado para la UCI de Santa Mónica en Dosquebradas.
En el instante en que la doctora de la UCI me recibe, fue enfática al decir, saben ustedes que de 10 pacientes que ingresan salen cuatro con vida, nosotros hacemos lo posible pero Dios lo imposible.
Después hace unas preguntas a mi familia y se da cuenta de que yo no tenía enfermedades de base, ni había sido fumador, ni había consumido sustancias tóxicas al organismo, es decir, tenía todo por ganar.
Entendiendo esto, mi esposa e hija informan de mi estado a mi familia y algunos amigos por las redes sociales, se genera una comunicación constante donde se nos unieron representantes del sector cooperativo, mis colegas médicos veterinarios, personas, grupos comunitarios a quienes había capacitado, entre otros.
Una vez en la UCI, mi esposa y mis hijos deciden hacer un acompañamiento permanente, diariamente se ubicaban a la ventana que daba a mi cama, oraban, ponían música y me recordaban eventos importantes, viajes, anécdotas.
Además, me retaban con compromisos para cumplir cuando saliera, me colocaban los mensajes de los amigos, solo porque ellas sabían que el ser humano al estar inconsciente el oído permanece activo y mi cerebro reconocería ese ruido que activaba mis signos vitales.
Hecho que fue corroborado por el personal de la UCI, quienes después de hacer seguimiento durante varios días, notaban que los instrumentos médicos a los que estaba conectado, se activaban ante los estímulos.
Transcurrieron 22 días de incertidumbre y silencio infinito, pero este día se pide autorización para hacer la traqueostomía e inicia una etapa fuerte y era aprender a respirar esperando alguna reacción, asunto que fue demorado y angustiante.

Hubo un momento, dado lo lento de este proceso, decidieron un día en medio de la grave situación, aplicarme los santos óleos como buenos católicos creyentes y a las pocas horas empiezo a reaccionar.
Días después, el equipo médico consciente de los riesgos que seguía corriendo al permanecer en la UCI, ya teniendo una notable mejoría, me anunciaron que continuaría hospitalizado en otra unidad mientras que terminaba los medicamentos que me asignaron.
Es así como el 27 de febrero me trasladan a hospitalización nuevamente a la clínica San Rafael, donde permanezco hasta el 5 de marzo, allí tenía que estar acompañado día y noche por ser paciente de escasa movilidad y post covid.
Posteriormente, llegué a la casa para recibir las terapias respiratorias y físicas, además con el oxígeno disponible 24/7, periodo en que se notó la recuperación; no obstante, las consecuencias del virus en el organismo son impredecibles y es así como el domingo 14 de marzo nuevamente debo ser hospitalizado ante una serie de dolores abdominales que se presentaron, regresando nuevamente a casa el 21 de marzo, donde sigo recuperándome.
Debo resaltar el gesto nobilísimo de la directora del programa solidario y sus patrocinadores, al dedicar dos ediciones seguidas para sensibilizar sobre la solidaridad, brindando ayuda mutua, incondicional que se debe tener por parte del sector cuando alguno de los integrantes entra en alguna calamidad.
Las voces de apoyo se hicieron sentir desde varios puntos de la geografía colombiana, del Tolima y de amigos de la causa solidaria, así como desde España, Italia, Uruguay, México, hecho que marca la universalidad del sector de la Economía Solidaria.
Finalmente, en equipo, Dios como líder, el personal de salud, mi familia y mis amigos le ganamos la batalla al Covid, digo nosotros porque fueron todos esos equipos, atención y apoyo lo que me ha dado la oportunidad de seguir creyendo en la solidaridad, en ayuda al otro, en la actitud altruista y en que hace las cosas bien paga. Gracias, gracias, gracias.
El cuidado depende de cada uno, la vida que llevamos también, la calidad de nuestras relaciones con Dios, con la familia y amigos, es nuestra huella. Pero la pregunta es ¿Estamos preparados para lo demás?
(*) Historia publicada en la revista Tolima Cooperativo, en su edición número 12

