La inteligencia no es solo racional, también es emocional. Y ambas interactúan para construir nuestra vida.
Las emociones son poderosas y dominarlas, por ejemplo las negativas, forma parte de la inteligencia emocional.
Las personas que controlan los hábitos de su mente y tienen habilidades emocionales son más proclives a llevar una buena vida.
La inteligencia emocional influye en nuestra salud favorablemente. Por ejemplo, al saber asimilar las emociones perturbadoras.
La inteligencia emocional es determinante en el éxito académico. Gracias, por ejemplo, a la capacidad para gestionar el fracaso.
El liderazgo positivo, propio de la inteligencia emocional, consiste en persuadir a los demás para construir un objetivo común.
El autodominio exige autorregulación y la inteligencia emocional es clave para alcanzarlo y conocerse a uno mismo.
La inteligencia emocional es fundamental para nuestra vida social al facilitar las relaciones con los demás.


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